Desde niña aprendí a aprender, guiada de mi padre y de mi madre. Crecí entre libros y por lo tanto entre cuentos, aventuras, imágenes, números e incluso entre lecturas de pedagogía. Conozco todos los libros de mi casa paterna. Recuerdo incluso los folletos con los que mi padre estudiaba. Teníamos, digo teníamos, porque aprendí, también, a compartir; un aparato con el que mi papá hacía sus cálculos matemáticos, creo era la versión jurásica de la calculadora. Recuerdo cuando tuvimos, por primera vez, este aparatito moderno que con solo unos "click" aparecían en una pantallita los números deseados, fué para nosotros un juguete con el que nos entretuvimos muchas tardes, pasaba de mano en mano hasta que nos cansábamos.
Crecí, por gracias de Dios, en esa época en la que la tecnología que cambia de la noche a la mañana le faltaba mucho por aparecer; entonces nuestras distracciones las encontrábamos en los libros, los papeles de carbón, el polígrafo manual de papá, los papeles para calcar, era una época de descubrimientos y de emociones diarias.
No imagino un solo día en el que no esté interesada por aprender algo. Todo me llama la atención. Un día, incluso, descubrí por qué a mi abuelita paterna le gustaba tanto el jardín. Pasé una mañana arreglando el mío y pensando en ella y la recordé con su delantal cuidando del suyo y me dije "con razón abuelita amaba estar en contacto con sus flores y plantas".
Esta semana, un nuevo aprendizaje en el que me he tenido que enfrentar ante mis propias limitaciones. Ya no es aquel aparatito de papá de fácil uso, es este aparatote con múltiples aplicaciones que, aunque conozco cada palabra no entiendo para que sirven. Pero creo que lo logré aunque no al cien por ciento. Solo sé que continuaré en esta búsqueda de información para mi dessarrollo profesional que no puede parar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario